viernes, 2 de octubre de 2015

φωνές

Desperté con las emociones de la noche anterior comprimidas a lo largo de mi cuerpo,  atiborradas en mi mente esperando salir.

Estiré las piernas lo más que pude, pero la bañera era demasiado pequeña para mi metro setenta y ocho, me di cuenta de la quemadura que tenía en el tobillo, supurando cosas desagradables y ardiendo como si fuera más grave de lo que parecía.

Entonces recordé..

La noche anterior había acabado con todas ellas, porque ya estaba harta y no me había quedado otra opción:
Alena gritó hasta que el  ácido muriático quemó su garganta, pidiendo ayuda; la encerré en  el closet que previamente había llenado de una combinación de este con blanqueador, lo más probable es que me hubiera caído algo de ácido al tobillo y he ahí el porqué  la quemadura. Ella siempre se quejaba de estar gorda y nunca poder perder el suficiente peso, bueno ahora solo quedaba un pedazo de carne malformado pegado a sus huesos y su mente obsesiva se había diluido a nada..

Lo más seguro es que Vanessa fuera la culpable de mi golpe en la cabeza, el cual había terminado en una cortada en la frente, ahogue a la pequeña y asustada Nessie con su propia almohada, y ella al tratar de defenderse me golpeo con el cenicero de su mesa de noche color borgoña, Nessie siempre se me hizo extraña y nunca alcance a comprenderla del todo, era más que nada una niña ansiosa que tomaba antidepresivos diario desde los 17, nadie sabía porque, nadie la conocía realmente. Lo único que sabíamos de ella era que su padre murió cuando tenía 10 años y eso la marco por años, soportando la carga de su hermano y su madre neurótica. Se fue silenciosa y rápidamente como sé que ella lo hubiera querido.

Caminé hacia el espejo de cuerpo completo en forma de rectángulo en medio del cuarto de baño, al tercer paso sentí el pequeño objeto punzocortante en mi costado derecho, me levante la bata y saque con un movimiento rápido el pedazo de rastrillo que tenía enterrado, suspiré pesadamente e inspeccione la herida, “nada grave” pensé. 

Rosie había sido más complicada de lo que creí, a la pobre mujer la habían violado cuando tenía 19 y no había día que no pensara en ello, tres hombres la tomaron sin su consentimiento y años después seguía soñando con ellos, nunca tuvo nada serio en su vida y se la pasaba lamentándose y planeando cosas que nunca haría, siempre se hacía menos y decía que no tenía valor por lo que le pasó, ese acontecimiento que le trunco la inocencia y la fe en el mundo exterior, luché con ella por todo el pasillo hasta que por fin dejo de respirar, es increíble lo que un pequeño cuchillo puede hacer si le aplicas la fuerza necesaria.

Guardé lo más difícil para el último, acabar de una vez por todas con mi mejor amiga me resultaba amargo y a la vez me aliviaba, siempre me hacía reír, todos los que conocía decían que tenía una carisma sin igual y que tenía un gran futuro, era buena en muchas cosas, y tenía tantas ambiciones que incluso parecía ridículo pensar en ello, pero nadie la conocía como yo, nadie sabía de su lado no tan simpático; tenía una ligera obsesión por controlar todo, se deprimía gravemente cuando las cosas cambiaban y siempre daba más de ella misma a su entorno, sin recibir lo equitativo a cambio, tenía pensamientos extremadamente polarizados que en más de una ocasión daban algo de miedo, y una inestabilidad emocional que solo me hizo hartarme de ella, no le perdone los años, ni las risas, ni incluso las veces que ayudo a tanta gente que ella hacía llamar sus amigos.

Le puse veneno a su bebida y la observe tomárselo, en poco minutos empezó a mostrar los primeros síntomas de que las cosas habían funcionado y en un par de horas habría muerto y jamás tendría que lidiar con Artemisa.

El solo pensamiento me hizo percatarme del intenso dolor que sentía en el pecho,  el corazón se me iba a salir, inhale y exhale rápidamente y en varias ocasiones al percatarme lo que ví en el espejo.

Mi vista se aclaró por completo y jadeé del horror.

Tenía ambas piernas cubiertas con sangre y ampollas, las quemaduras ahora se veían enormes y cubrían hasta mis muslos, tenía la piel amarilla y los labios blancos, varios hilos de sangre salían de mi frente y de entre mi cabello enmarañado, mi bata antes blanca estaba deshecha debido a los cortes en todo mi vientre y brazos, caí de rodillas al sentir que la garganta se me cerraba , empecé a temblar mientras sentía que mis músculos se contraían despacio y alcancé a ver en el espejo mi cuello ahora color púrpura y la marca de una mano en él, las lágrimas que salieron de mis pupilas comenzaron a quemarme y fue entonces que comprendí del todo lo que había hecho..


Inhale lenta y profundamente; y me fui...

viernes, 31 de julio de 2015

Sex in a limo.

                                                                       
Una vez me preguntaron que es lo que más me gustaba de las citas y como nunca he tenido una verdadera no pude contestar, pasaron a temas más subiditos de tono y me preguntaron directamente que es lo que más me gustaba del sexo.
Medité un poco la respuesta: Las ansias.
La persona que me pregunto esto se me quedo viendo raro y procedí a explicarme mejor.
“Lo que más me gusta son las ansias; esas ganas que te dan por quitarle la ropa a la otra persona, por arrancársela mientras la besas, sin querer dejar de hacer uno u lo otro, ese anhelo de aruñarle la espalda a falta de palabras para expresar tus emociones que suelen ser varias, esas ganas de saber cuál será el siguiente paso del encuentro, de ver a esa persona a los ojos y que simplemente refleje el mismo anhelo por ti”

Esa urgencia de saber si te besarán o no, no deberíamos guardarnos las ganas por otra persona nunca. 
                                                                        Bueno, casi nunca. 

martes, 28 de julio de 2015

Collywobbles.

Delia seguía mandando mensajes de texto de cuanto lo sentía por llegar tarde, decidí dar una vuelta por el apartamento ahora vacío, parecía más pequeño incluso cuando se pensaba que ya no podía estarlo más.
Había empacado toda mi ropa y mis pertenencias días atrás y solo quedaba una maleta color mostaza mediana que mi vecina me había regalado cuando supo la noticia de mi mudanza, me odiaba, siempre lo supe, nunca se quejaba de mis fiestas y mis gritos en la época de exámenes finales pero la mirada que me dedicaba los días posteriores la delataban.
Sonó el intercomunicador e inmediatamente oprimí el botón.
“Aún hay mucho tiempo D, no te exasperes”
Silencio.
“Es con la Señorita Rhodes?”- la voz masculina y extraña respondió a los segundos. Confirmé.
“Le traigo un paquete, es urgente”-continuó.
Hubiera vomitado de no ser porque aún no desayunaba y porque no estaba cien por ciento segura que es lo que pasaba. El muchacho de unos 18 años con los hoyuelos más bonitos que había visto acomodo la otomana color teal en medio de la habitación, con una sobre color hueso en ella, habían pasado 6 años sin ver esa horrible cosa y pensé que así pasarían otros 50.
Observé la pieza de 1200 dólares por más de 3 minutos enteros, creó que ni siquiera me di el tiempo para parpadear, agarre el sobre bruscamente y me senté en ella para leer que es lo que decía.
“Si es que aún no has quemado la otomana aún y estás leyendo esto arriba de ella con ese ceño fruncido tan tuyo que bien los terroristas podrían temer quiero darte las gracias de ante mano por ello.
Espero que a tu nuevo apartamento no lleves contigo esa horrible falda en capas con la que te conocí en la fiesta de año nuevo: era espantosa, y tú te veías espantosa en ella, recuerdo que me miraste ya pasada de copas con tu vaso rojo en mano y me preguntaste que hacía en esa fiesta si se notaba que no lo estaba disfrutando; “Me invitó mi mejor amigo” yo te contesté “Pésima excusa, si no quieres estar aquí y si sigues despierto a la 4 de la mañana o estas solo o estas enamorado y no se cuál de las dos es peor”.
Te conté que me había mudado al pueblo mientras tú me criticabas por tomar tanto whisky, me dijiste que las relaciones eran una pérdida de tiempo mientras yo adivinaba que habías tenido solo una relación y que te habían roto metafóricamente el corazón, te odié por unos segundos cuando respondiste que sí.
Dos semanas después estábamos besándonos en tu sala y haciendo cosas del tipo “No deberíamos estar haciendo esto”, como tú dijiste, dejaste tu labial por toda mi cara y manchaste mi camisa por capricho tuyo, te odié por ello unos segundos.
En mi cumpleaños 25 te subiste al karaoke del bar con tus tacones rojo carmín mientras cantabas “Light my fire” y yo me inundaba de alcohol por la vergüenza que me hiciste pasar esa noche horas después.
No parabas de decir que mis labios sabían a whisky mientras volvías a llenar mi cara de labial, aquella madrugada mientras teníamos sexo por primera vez en el sofá. Tuviste una risa nerviosa y molesta por minutos cuando me viste por primera vez desnudo, te odié por ello.
Algo acerca de ese sofá nunca me gustó y te lo hice saber la noche siguiente, berreaste que era un estúpido y que no podía ofender tus muebles solo porque sí, me fui y te dije que estabas siendo inmadura. No contestaste mis llamadas por 2 días y llegué con una primera edición de “The Beautiful and Damned” lloraste sin razón alguna y me besaste como nunca en tu vida.
No tuve el mismo éxito cuando lleve la otomana a tu apartamento, me arrojaste un frasco de granola de 200 gramos y yo juré que jamás me habían ofendido de manera tan graciosa. Siempre odiaste la hermosa otomana. Siempre.
Éramos increíblemente tóxicos el uno con el otro, al pasar los meses decías que lo nuestro no era serio y que no estaba mal divertirte con la persona equivocada mientras la correcta llegaba, yo ponía en blanco los ojos y bebía más whisky.
Un día simplemente me fui, por razones que no te explicaré ahora y que probablemente no entiendas, pero a los lugares que he ido el recuerdo de aquel sofá al que pervertimos docenas de veces me perseguía, de esa falda que odié, de ese labial tinto que ni los mejores detergentes pudo sacar, de esa granola que le ponías a todas tus cenas.
Hacía mucho que no estaba en el pueblo, hay algo acerca de aquí que nunca podré entender, algo acerca de las noches aquí sin labial en mí cara se sienten incorrectas.
Algo acerca de mi chica de Nebraska y su manera burda de cantar ebria.
Y Vanessa..
Esta vez no me iré sin ti.
                                                                                                    Saludos

                                                                                                               Charles.”


sábado, 24 de enero de 2015

Cenizas

El 3 de febrero estaban las cafeterías llenas, la gente entraba y ordenaba café a diestra y siniestra, por nada del mundo dejaban sus abrigos y se aferraban a la taza prestada de los establecimientos como si su vida se fuera en ello. Familias completas, jóvenes risueños con las mejillas rojizas por los 12 grados centígrados, ancianos con las manos temblando y adultos con guantes de lana y sombreros a juego.

El 3 de febrero ya solo me quedaban 4 cigarrillos de la cajetilla completa de Camel Signature Mellow que él había dejado en mi bolso desde aquella última vez, la caja de colores naranjas y amarillos con lunares de ambos colores se encontraba ahora arrugada y de las letras del reverso solo se podía leer "Turkish tobacco", asi como la palabra "novio" se había acortado a "ex".

El 3 de febrero usaba solo unas medias, y un suéter extra grande que me quedaba como un vestido vintage, sentía los poros de mis piernas erizarse y mis dientes castañeaban mientras dejaba que el humo del cigarro saliera por mi boca, estaba en el parque en el extremo este de la ciudad, esperando que mi hermana me marcara al celular disgustada, o congelarme, lo que ocurriera primero.

El 3 de febrero sentía las mejillas entumidas, no hacia falta mirarme en ningún espejo para saber que tenia los ojos hinchados y rojos, me hacía falta él a mi lado, regañandome por haber fumado tanto, me hacia falta a las 2:09 de la madrugada cantándome canciones que nadie conocía.

El 3 de febrero estaba enojada conmigo misma por haber llorado tanto la última semana, por dejar que la noticia me lastimara tanto, aún sabiendo que ya venía en camino, me dio coraje haber esperado que él tuviera la última decisión, de no haberlo herido cuando tuve la oportunidad, de haber ignorado las señales y aferrarme.

El 3 de febrero quemé todas las cartas que él alguna vez me dio en los últimos 4 meses, las pequeñas cosas que imaginé que haría con el se esfumaban, la ilusión que a él le dio igual, que no fue nada.
Ese día me le quede mirando al último "te quiero" que había escrito en una tarjeta de 18x12 cm de color turquesa, viendo como el fuego lo consumía, sintiéndome un poco mejor y a la vez más sola que nunca, ya no tendría pruebas para probar que él me quiso, todo lo restante estaba en mi mente.

De todas formas ya no cantábamos con la misma emoción nuestras canciones favoritas, ya no nos reconciliábamos a besos tan fácilmente, y ya no me tomaba la mano cada vez que debíamos cruzar una calle.